A veces creemos demasiado en una historia. Queremos pensar que las cosas realmente marcharán bien. Y no está mal, desear que el universo conspire a nuestro favor no es algo tonto o infantil, las historias deberían tener finales felices más seguido. Soñamos con historias, momentos que al caer la noche, nos permitan un segundo de alegría eterna.
Realmente me puse a observar el crepúsculo como si estuviera contigo. Abandonado en los mismos silenciosos callejones de la vida. Las mismas amapolas muertas en los valles cercanos al olvido. Algunos secretos pequeños guardados en lugares olvidados, oscuros. La noche se volvió más fría en algunos baldíos precarios. Verdaderamente, no pude hallar un lugar que no estuviera plagado de muerte. Tal vez yo mismo la llevaba conmigo, mi inseparable compañera. Ojalá pudiera hallar un lugar que no estuviera tan cerca del infierno, todos los rincones se me presentan guardados por el olvido siniestro. Ojalá existiera un lugar seguro en el que los ángeles no pudieran dejar de soñar. Desearía tan solo un momento no olvidar que pude haber sido humano, que pude haber salvado las mismas almas que hoy duermen en los mismos círculos, que yo no pudiera recordar las veces que intenté morir en una madrugada que no me pertenecía. Nunca fui dueño de mi desgracia ni de mis aquelarres, la blanca lápida de un lirio es la hoja en la que mis penas hallan un pequeño lugar en la acuarela.
Un último abrazo al abismo y tal vez tenga mi alma salvada. Me gustaría tenerla de regreso en un saco de lona, o al menos, no tan rota como en aquellos tiempos en que las flores eran negras. Una colina con flores negras, cada una siendo un pedazo de muerte, un silencio más, una mañana que no permite más miradas perdidas. Sonidos dispersos se vuelven un murmullo inteligible gritando un nombre que no quisiera recordar pero que se eleva al cielo hecho un grito de guerra. Una sacudida mortal que abraza todos los espacios vacíos de mi pecho, o la necia palabra del corazón que no puede morir en la manera de ver crepúsculos. Un simple recuerdo puede ser una noche última, nada más que pequeños olvidos brotados de una última esperanza, de una canción incomprensible que tardará milenios en morir.
¿El silencio más grande del mundo? He vivido en el silencio más grande del mundo, he habitado los abismos más profundos sin esperanza alguna, un instante, una semana, la eternidad. Las amapolas no florecieron en mi alma. Yo soy el único amigo de la muerte, sin esperanza alguna. Tal vez la madrugada no pudiera esconderme. Tengo miedo de no despertar una mañana y haber sido cómplice de un crimen inefable, el penoso recuerdo de una vida en la que no llegué a sonreír. Me disculpo por eso. Lo siento.
Yo viví el silencio más grande del mundo, y fue la esperanza lo que me mantuvo con vida todo ese tiempo, por eso nunca dejaré de maldecir la luz del sol, la ilusión de un nuevo día. Por un instante más frío, yo pude haberlo dado todo, menos la ilusión de un nuevo corazón roto.
No hay un bosque oculto en una mirada, al que pueda regresar al caer la noche. Como el caminante que se dirige a las sombras, el último rastro de un pecado imperdonable. Me sentí culpable de mis deseos sanguinarios de morir, tal vez la breve sonata de un campanario fuera mi lamento final, tal vez todos los gritos de guerra se resumirían en un solo sollozo. Siento una pena terrible, espantosa, injustificable, tal vez esa sea la forma en que la muerte nos llama, tal vez esa sea la manera en que los astros desdibujan una sonrisa y la vuelven poesía. Yo no podría explicarlo, no me queda tiempo. Un pedazo nomás, unos fragmentos que seguramente no tendrán sentido para nadie, excepto para mí, mi dolor, mis roturas. Esta noche no soy más que un pedacito de lo que no seré jamás. Tengo miedo de este silencio. Los silencios son peligrosos.
A.P.
