Amanda se encuentra leyendo un libro.
Un libro sobre la vida.
La vida de un hombre que, a pesar de tener setenta años, parece tan juvenil como un niño.
Un niño que va por la vida cantando tangos, cantando a amores imposibles.
Amores imposibles como el que ha tenido ese hombre, de nombre Andrés, que es un joven de setenta.
Setenta, como un número imposible de alcanzar, algo imaginario, algo que ocasiona pensamientos como “nunca llegaré a esa edad, me faltan 50 años”.
¿Qué son 50 años en la vida de un humano? ¿Cómo puede uno saber y tener noción del tiempo ante algo tan lejano, tan distante, como si fuese un amor que nunca fue propio?
La vida de Amanda ha sido algo trágica, ha pasado por varios callejones con paredes negras y varios seres pintados de blanco han sido, en verdad, negros. Ahora se encuentra sentada en un banco en una plaza otoñal, ajena al paso del tiempo, mirando la forma en la que Andrés canta, camina y sonríe con ojos llenos de recuerdos.
Andrés canta “el secreto de sus ojos”, una canción que ha escuchado aquella tarde de Junio, sentado en un banco de plaza junto a su amada Amanda, junto a la mujer que ha sido capaz de devolverle la vida luego de un cáncer.
Un cáncer que empezó cuando conoció a Dolores y que ha logrado oscurecer su corazón, pero que ha sido incapaz de matarlo. Los médicos cuestionaban esos conocimientos que aprendieron en sus facultades, “cáncer de corazón” parecía algo inexplicable, algo imaginario e imposible de presenciar en ésta dimensión (la dimensión en la que los humanos nos reconocemos como humanos en vez de vernos como payasos felices de vivir).

No comments:
Post a Comment